Agua que alegra, agua que entristece

Dos comunidades de Lamas enfrentan situaciones distintas respecto a la calidad de sus aguas. Entérese del orgullo de Linder por la pureza de su puquial, y de la tristeza de un apu que ve morir su quebrada.

Por Jhon More

Transpirado por el sol mañanero, Linder Sinaragua toma su machete y bebe chicha de maíz, antes de revelar que muchas casas de su comunidad tienen su propio ojo de agua subterránea, la cual forma un riachuelo al salir al exterior, convirtiéndose en un recurso valioso del que pueden jactarse, porque ellos, a diferencia de otros pueblos, no necesitan de las lluvias para satisfacer sus necesidades diarias.

Linder vive en Alto Shuruyacu-Valisho (provincia de Lamas, San Martín), comunidad nativa en la que abunda el agua. Aquí, 40 familias cultivan la tierra con variedad de legumbres, hortalizas y frutas. Los puquiales garantizan buenas cosechas en esos campos fértiles que son mostrados a los visitantes con auténtico orgullo.

Eso es lo que hace nuestro anfitrión, mientras camina entre sus sembríos y cuenta que ahora vende al extranjero y recibe buen pago: “…nosotros cosechamos dependiendo del mercado. Hay productos como el sacha inchi que son bien pagados”, al decirlo, abre las palmas de sus manos para enseñar las semillas que recogió hace unos instantes.

Pero vemos más que eso. En el suelo hay varios frascos de pesticidas que revelan que la producción todavía no es orgánica.La tierra sufre con los químicos, aunque muchos consideren que es un mal necesario para el bien de la producción agrícola.

Al llegar a su puquial, Linder explica que al agua hay que cuidarla, porque se cree que individuos de comunidades lejanas podrían robársela en las noches. Para hacerlo, “una mujer y un varón deben caminar desnudos y agarrados de las manos, mientras llaman al agua para que desaparezca de aquí y aparezca en su comunidad”, describe una creencia transmitida de generación en generación.

En ese momento pero en el centro de la comunidad, un grupo de mujeres se reúne para cocinar los diversos potajes de la mikuna, el almuerzo compartido y comunal. En la preparación los varones no intervienen. Son ellas las encargadas de darle sabor a los insumos de sus chacras.

Al hacerlo conversan en quechua, su lengua nativa, quizás para que los foráneos no entiendan lo que hablan. El agua utilizada para la cocción del puré de maíz con hígado de res, el inguiri o plátano verde y el frijol, proviene de otro puquial.

Las porciones son servidas individualmente —estas contienen también pescados boquichicos— y colocados en el suelo, frente a la cocina, entonces, cada asistente toma uno y se sienta en las bancas de madera colocadas en el frontis de las casas cercanas.

La mikuna comienza. La alegría es evidente. Los visitantes conversan distendidamente con sus anfitriones. Linder y sus compañeros sonríen. Los ojos de agua les permiten vivir en armonía.

La otra orilla

De pequeño jugaba y reía en el agua de la quebrada Shupishiña. Allí compartía y se divertía con sus vecinos y amigos. Pero hoy, ese lugar de encuentros y alegrías para varios pueblos nativos, luce diferente.

“Y es que la quebrada está contaminada. En las tardes huele todo mal por acá. No se puede respirar”

En la comunidad de Shupshuyacu, el apu Juan Carlos Amasifuén recuerda que esas aguas le sirvieron para pescar, beber y bañarse cuando era adolescente. Pero en las dos últimas décadas la situación cambió en desmedro de este lugar de aguas puras.

En su condición de apu, Juan Carlos tiene la responsabilidad de convocar reuniones, tomar decisiones y realizar diligencias. Es el representante oficial de la comunidad y sabe que los comuneros no están de acuerdo con que la quebrada Shupishiña haya perdido su encanto. Ese sentir es compartido por los pobladores de Naranjal, Shapumba y Rumisapa, entre otras localidades.

“Todos sabemos que esas aguas están contaminadas, allí no hay peces ahora”, se lamenta el apu.

Supshuyacu se encuentra a 25 minutos a pie de la ciudad de Lamas. En la ruta hay mucha vegetación y el calzado se torna más pesado por el lodo generado por la lluvia. Es temporada de aguaceros y en el cielo hay nubes inmensas que dan la impresión de que pudieran ser acariciadas.

Y si bien el día está soleado, en cualquier momento puede desatarse una tormenta. De lo que no hay dudas es que los zancudos y mosquitos picarán a los caminantes.

Mientras el apu recuerda aquellos momentos felices, se desata una lluvia que él califica como warmi (mujer en español), porque al igual que algunas señoras y señoritas “molestan y molestan todo el día”. También existen precipitaciones macho. Esas son las que no duran más de cinco minutos. Una broma en una mañana de recuerdos grises.

“Y es que la quebrada está contaminada. En las tardes huele todo mal por acá. No se puede respirar”, al decirlo mueve su cabeza en señal de rechazo. Es como si no quisiera aceptar ni resignarse a la realidad que lo obliga a respirar ese aire hediondo que se hace más penetrante e insoportable en el verano, cuando la temperatura sobrepasa los 30 grados centígrados.

El origen del caos

En la década del 90 una granja llamada El Cortijo de la empresa Don Pollo Tropical S.A.C. inició la crianza de ganado porcino cerca de Shupishiña. Las heces y demás desperdicios de los animales eran vertidos río arriba. Al principio esta situación no generaba molestias entre los comuneros. Ellos no imaginaron que en el 2017 la empresa ocuparía 10 mil hectáreas, lo que aumentaría los niveles de contaminación.

Es curioso, pero una porción de esas tierras fue vendida por el actual alcalde de Lamas, Fernando del Castillo Tang, quien afronta una denuncia por abuso de autoridad por parte de la empresa, debido a que en cierta ocasión decidió clausurarla. Castillo Tang se toma su tiempo para recordar aquellos sucesos, pero confiesa su esperanza respecto a Shupishiña: “¡Quisiéramos rescatarla! Es una fuente que siempre ha sido utilizada. Desde niño me he ido a bañar en esa quebrada. Prácticamente era el primer río para todos los pobladores de Lamas”.

“Ahora no se puede ir a pescar ni nada, porque te cría sarna en la piel”

Noventa por ciento de animales, que alimenta y sacrifica esta empresa, son cerdos que se distribuyen a pequeños negocios de Lamas. De esta situación se desprenden otros factores que favorecen al criadero: sus trabajadores viven en el distrito y, en las comunidades aledañas, el consumo de esta carne es muy apreciada.

Por ello no hay consenso para que la empresa sea clausurada definitivamente. Los intereses a favor de Don Pollo pesan más.

Contrastes del agua

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Foto: Gloria Alvitres

“De pequeña veía que los peces vivían en el río, ahora me da pena ver cómo está”, Eva Guevara Torres comparte sus vivencias. Sabe que el río que discurre frente a su casa lleva desperdicios a su paso. Algunos comuneros aseguran también haber visto vísceras en las aguas. Ella también comenta que en las tardes es difícil respirar con tranquilidad, más aún cuando hay calor porque la putrefacción de los desechos se intensifica. En agosto de 2016 el municipio de Lamas logró que Don Pollo paralizara sus labores, pero la granja reaccionó interponiendo una acción constitucional de amparo. Su argumento: abuso de poder. El municipio tuvo que retroceder y aceptar que la empresa reabriera sus puertas.

“Ahora no se puede ir a pescar ni nada, porque te cría sarna en la piel”, exclama el apu Juan Carlos, mientras encoje los hombros y muestra un brazo como si él padeciera aquella enfermedad. Sabe que la quebrada ha generado problemas cutáneos en los menores de edad, quienes son educados para no ingresar a las aguas. Las nuevas generaciones no ven con nostalgia a Shupishiña, la ven con rechazo.

Alto Shuruyacu-Valisho y Shupshuyacu son dos comunidades que comparten el territorio de Lamas, pero no la calidad de sus aguas. Habría que preguntarse cómo reaccionaría Linder con su ojo de agua contaminado con desperdicios de la granja El Cortijo; y al apu Juan Carlos con su quebrada Shupishiña disponible para utilizar sus aguas en la preparación de una mikuna. Esa situación justifica mayor reflexión.

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