ALERTA EN LAMAS
Los ladrones del espíritu del agua

Desde siempre, los kiwchas lamistas creen que las aguas pueden secarse por la intervención de un chamán. Hoy, esa concepción se amplía. Los manantiales y quebradas también son robados por las ciudades.

Por Gloria Alvitres

En la comunidad amazónica de Alto Churuyaku-Valisho, a una hora a pie de la pintoresca y tranquila ciudad de Lamas (San Martín), Linder Sinarahua decidió mostrarnos una de sus posesiones más preciadas. Pero, antes de hacerlo, estira un papelógrafo y lo pega en la fachada de su casa de madera, erigida rústicamente en medio de la Selva Alta. En el gráfico se lee ‘Casa de Linder’ y se ven dos cuadrados: su hogar y su chacra.

Explica con detalle cómo se siembra el frijol y el sacha inchi, en aquella tierra calurosa del nororiente peruano. A su lado está su hija, Celia, una muchacha risueña de 14 años. Ella sirve la chicha de maíz y modela para la cámara con su cántaro en la cabeza. Solo después de un rato, Linder se anima a mostrarnos su verdadero tesoro: un pequeño manantial que no alcanza ni al metro cuadrado.

“Ese es el ojo de agua”, proclama orgulloso y nos invita a refrescarnos. Mediodía. 34 grados en Lamas. Sin esa poza Linder no podría vivir. Con el agua -que él cree que apareció milagrosamente de entre las rocas- su esposa lava la ropa y su hija llena los cántaros para hacer chicha de maíz.

La selva es generosa con su comunidad, donde los casi 200 habitantes tienen lo justo para vivir. A veces se divierten jugando con el agua o se reúnen para almorzar juntos. Ese compartir se llama Mikuna. Así, los días calurosos se llevan con alegría y mucha comida.

Pero no todo es felicidad en ese rincón de bosque donde los puquios (manantiales) son los grandes generadores de vida. Cada uno debe de ser vigilado. A los comuneros les asusta la sola idea de perder esa posesión. Ya ha sucedido. De un momento a otro la vida se acaba en un pedazo de bosque a causa de un hurto.

Hay quienes pueden robarse el agua de los puquios. “Se la llevan de noche. Tienen que ser dos personas: una mujer y un hombre, ambos desnudos, más un chamán que hace una ceremonia. De esa manera se roban el espíritu del agua”, nos cuenta Linder con absoluta naturalidad.

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Linder Sinarahua/ foto: Gloria Alvitres

En Alto Churuyaku-Valisho los comuneros creen que el agua puede ser robada, porque es como una persona, tiene alma, tiene carácter, se irrita y se marcha. Es tan voluble y caprichosa que deben cuidarla, limpiar sus pozos y agradecerle por estar presente en sus vidas.

“Ni los kichwa lamistas, los kukama ni los comuneros de Ayacucho, se atreverían a enfadar al espíritu del agua”.

Otras comunidades originarias del Perú tienen la misma idea. En Ayacucho, en la sierra sur del país, se ofician rituales a las lagunas. Ellas son las yaku mama o madres del agua en quechua. Durante años, los agricultores las crían, las hacen crecer y prosperar como si fueran sus hermanitas.

Los kukama, que viven en selva baja, también tienen una estrecha relación con los ríos. Desde su cosmovisión, los niños y niñas que se extravían en los cauces fluviales no se ahogan ni mueren: van a las ciudades que, según sus creencias, existen debajo del gran río Amazonas, entonces, sus padres ya no sufren por sus seres queridos. Los sueñan en palacios. En un mundo donde no les falta nada.

Ni los kichwa lamistas, los kukama ni los comuneros de Ayacucho, se atreverían a enfadar al espíritu del agua, como lo hacen todo el tiempo los habitantes de las grandes ciudades. Esa es la crítica que escuchamos de los ciudadanos de Valisho. Ellos ya conocen la urbe y les molesta como anda creciendo.

Celia, la hija de Linder, camina una hora hasta Lamas para comprar aceite y arroz. Luego entra a una cabina de Internet a revisar su Facebook. La ciudad la conoce desde chiquita, pero no quisiera vivir ahí. Ella dice que sus habitantes no entienden al río: “solo saben de comprar y vender”. Por eso la quebrada de Shupishiña está lastimada.

Alguna vez a Valisho llegó la noticia de que le salieron ronchas a unos niños que se bañaron en esas aguas. Lo que pasa es que la quebrada se está muriendo, su cauce se ha vuelto turbio del color del óxido, “oscurito, feo se pone”, agrega frunciendo el ceño levemente. Si llueve es peor.

Cuando oye la palabra Shupishiña, el rostro de Linder cambia. Ya no está contento. “Los peces se han muerto. Ahora no hay nada”, dice con fría certeza, como si se hubiera resignado a esa pérdida.

“Es como si algo se pudriera todo el tiempo. Los hedores nauseabundos inundan su comunidad”.

Es posible que el espíritu del agua haya sido hurtado de otras formas. La ciudad crece, la urbe como un gran monstruo lo absorbe todo: comida, animales, quebradas y ríos. Desde el otro frente, las comunidades indígenas ven como la naturaleza, a la que quieren como una madre, está herida y desgastada.

Granja de problemas

Paradojas. El Perú es el país en Latinoamérica con mayor caudal hídrico. En teoría a nadie le debería faltar agua. Pero nueve de cada 10 personas vive en la ciudad, en la costa, y en espacios en los que no hay suficientes recursos. La situación es tan grave, que este año la Autoridad Nacional del Agua ha declarado en emergencia al país.

En la capital se han aplicado cortes temporales y se racionalizó el servicio, mientras que en otras regiones las lluvias son irregulares. Se acusa al calentamiento global de estos problemas y se espera que el presidente de la República, Pedro Pablo Kuczynski, cumpla con su propuesta de priorizar el Proyecto Sierra Azul, para recuperar fuentes de agua. Lo anunció al inicio de su mandato, pero los proyectos tardan.

Mientras tanto, las quebradas sufren en el país. Eso es lo que ocurre en Shupishiña (distrito de Rumisapa, Lamas, San Martín), donde la señora Gladys está molesta, porque los olores que emanan de ese cauce contaminado, no la dejan comer.

Es como si algo se pudriera todo el tiempo. Los hedores nauseabundos inundan su comunidad y aparecen mosquitos que se posan en su plato y en el pescado seco que vende en su tienda. Flora, su vecina, también está enfadada. Y es que hubo un tiempo en el que “los niños iban a jugar en Shipishiña. Se podía pescar o sentarse en la orilla a contemplar el verdor de la selva”.

Todo eso ya no es posible por más que hubo marchas para salvarla. Llegó la prensa local y les hizo preguntas. Los vecinos contestaron, alzaron su voz de protesta, expresaron su indignación. Al final no pasó nada. Ella cree que la culpa de la contaminación la tiene la granja El Cortijo de la empresa Don Pollo Tropical S.A.C, dedicada a la crianza de cerdos y pollos.

¿Qué tiene que ver los animales de granja con la contaminación del río? Diez pollos son inofensivos, 20 chanchos no harían ningún daño ecológico, pero son cientos los que diariamente son alimentados por los empleados de Don Pollo. Sus heces se acumulan en pozas que luego son descargadas al río por toneladas, contó Miguel García, extrabajador de la empresa.

“Cauces en Cerro de Pasco, Huánuco y el mismo lago Titicaca, presentan altos niveles de contaminantes de este tipo”.

Lo mismo sucede con el Camal Municipal, la sangre y los desechos de los animales son evacuadas sin tratamiento alguno. Existe un biodigestor, mecanismo que debe procesar los fluidos y descontaminarlos antes de que vaya a la quebrada, pero no funciona hace dos meses.

Con tantos desechos que se vierten, se va matando la biodiversidad. Las comunidades kichwa lamistas son conscientes de ello, Linder, por ejemplo, nos ha dicho que lo peor de todo es que él ya no puede pescar. Su relación con el cauce se ha roto completamente.

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Clara Sinarahua/ foto: Gloria Alvitres

Lo que pocos vecinos quieren admitir es que el desagüe de Lamas es el otro gran responsable de la contaminación, como revela en voz baja la señora Isabel. Al igual que Shupishiña, otros ríos y quebradas del país están contaminadas con coliformes fecales.

Cauces en Cerro de Pasco, Huánuco y el mismo lago Titicaca, presentan altos niveles de contaminantes de este tipo. Por eso será que a Celia le asusta un poco la ciudad, le parece que en sus barrios y calles no tienen consciencia de que la naturaleza sufre.

Los informes de UNESCO dicen que en el Perú no hay déficit hídrico, es más, Latinoamérica tiene el 33 por ciento de los recursos de agua dulce del mundo. Esos datos no los cree Celia, ella no conoce esas reservas y represas que llevan agua entubada a las grandes metrópolis.

Pero en Lamas, si el río se muere, desaparecen los peces. Si los puquios se contaminan con lluvia ácida, los comuneros empezarán a ver la muerte de su madre. ¿Quiénes se han robado el espíritu del agua? No te la vayas a llevar, bromea Celia, y lo dice medio en serio, porque la ciudad ya les ha quitado una quebrada.

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