Duelo en Shupishiña
La muerte de una quebrada

Conozca a los presuntos implicados en el asesinato de la quebrada Shupishiña que ha dejado de generar vida, para convertirse en un cauce lúgubre y pestilente.

Por Ronald Quincho

Ella murió y no se fue sola. Se llevó consigo las experiencias de niños traviesos y los deseos de muchos otros. Se fue, aunque sigue ahí, inquietando la memoria de los que la conocieron en aquella época en la que solo expedía vida y felicidad. Pero ahora partió, enlutando a comunidades enteras.

“Antes uno podía bañarse en la quebrada. Ahora ya no. Huele a desagüe. Está muy contaminada. A nuestros hijos les hemos dicho que no se acerquen porque pueden enfermarse”, cuenta preocupada Fidelia Amasifuén. Ella vive en Shucshuyaku, comunidad nativa de Lamas, donde 70 familias se ven afectadas por la muerte del agua.

“El cauce de Shupishiña ya no sirve para nada. Actualmente no encontramos ni un sapo, mucho menos los peces que siempre hemos consumido”, relata Adriel Guevara Alegría, regidor del distrito de Rumisapa, al sur de Lamas (San Martín).

De la quebrada, localizada en la parte baja del territorio ancestral de los kichwa lamistas, emana un olor hediondo que espantaría a cualquier persona, pero no a Fidelia ni a sus vecinos. A ella se le escucha decir con más resignación que terquedad: “aquí vivimos, a dónde nos vamos a ir, pues”.

Shucshuyaku y el casco urbano de Rumisapa son algunas de las zonas afectadas por la contaminación. Antes de este desastre ecológico, la relación que tenían con la quebrada era muy estrecha. Sus aguas puras eran parte del paisaje de sus vidas. Pero ahora todo ha cambiado. Ya ni se le acercan.

Los sospechosos

Son tres los asesinos de la quebrada. El camal de la Municipalidad Provincial de Lamas, la granja El Cortijo de la empresa Don Pollo Tropical S.A.C, y el sistema de desagüe de alcantarillado de la ciudad. El primero vierte las excretas y las vísceras de los animales sacrificados en la quebrada Tole, tributaria de Shupishiña.

“En una semana matamos cuatro o cinco animales de la comunidad y entre 80 y 90 cerdos de la granja de Don Pollo”, menciona Wilder Huachique, guardián del camal.

Inaugurado hace 15 años, en el 2016 se colocó un biodigestor para convertir en abono lo inservible de los animales. Sería una solución sino hubiera dejado de funcionar hace dos meses. Aseguran que está en mantenimiento. Mientras tanto, la contaminación continúa.

El alcalde provincial de Lamas, Fernando del Castillo Tang, explica que la municipalidad ha solicitado a la administración del camal un informe sobre las fallas del biodigestor. “Hemos invertido 208 000 soles en su implementación y no creo que su mantenimiento cueste más”, refiere.

A la contaminación del camal se suma el vertimiento de las aguas servidas del alcantarillado. Sin embargo, los pobladores de Rumisapa aseguran que, incluso con esos fluidos, se podía encontrar peces y hasta bañarse.

La solución –arguye el alcalde- será la construcción de tres pozas de oxidación en la provincia. El inicio de las obras está previsto para mayo o junio de este año, y, en los primeros meses de 2018, deberían entrar en funcionamiento.

El presunto culpable

Hay un francotirador que descarga certeros disparos de deshechos contra la quebrada. Sus constantes ataques se originan en la parte baja de Lamas. Él está ahí y todos lo conocen. Su nombre: El Cortijo.

Sí, El Cortijo, no leyó mal. Esa es la granja a la que el camal de Lamas le brinda servicio. Fundada hace más de 20 años, los ciudadanos de Rumisapa la sindican como la asesina de Shupishiña y de todo lo que había en ella.

Conocida popularmente como Don Pollo, en su interior hay más cerdos que plumíferos. Sus defensores arguyen que la granja tiene biodigestores y pozas de oxidación desde el 2009 . A pesar de ello, los pobladores aseguran que siguen disparándole al medioambiente.

“Desde el vertimiento de los desechos por parte de la empresa, se incrementaron los casos de diarreas y enfermedades dermatológicas”.

En el 2012, las autoridades de Lamas y Rumisapa recorrieron las aguas verde oscuras y espumeantes de Shupishiña. A la altura de la granja encontraron dos grandes tubos que desembocan en la quebrada. “También vimos tilapias muertas y advertimos a los niños que no las tocaran”, recuerda en su despacho Elvira Chuquizuta, jueza de paz del distrito.

Tras la inspección se presentó un expediente con las observaciones a la Presidencia de la República. El documento fue derivado al Ministerio del Ambiente (Minam) mediante el oficio N° 856-2012 MINAM/VMGA, entidad que informó que la denuncia sobre la Contaminación de la quebrada Shupishiña sería evaluada por la Autoridad Nacional del Agua (ANA), la entidad competente en estos casos.

Según las autoridades lamistas, el veredicto favoreció a la empresa, y perjudicó principalmente a los niños. Ellos son los más afectados por la contaminación del aire y de las aguas.

Abigael Angulo, jefe de la Micro Red de Lamas, narra que, desde el vertimiento de los desechos por parte de la empresa, se incrementaron los casos de diarreas y enfermedades dermatológicas. “Antes –dice en tono de añoranza- la quebrada era un paraíso, pero ahora solo trae males a la comunidad”.

Por su parte, el alcalde recuerda que la empresa siempre manifiesta que trasladará a los cerdos a la provincia de Picota, donde tiene sembríos de maíz, alimento primordial de los porcinos. Pero nunca cumple, aunque en el 2015 se respiró un aroma de esperanza, mucho más fuerte que el olor tóxico que emana de la granja.

Lamas dividida en dos

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La ciudad de Lamas/ foto: Gloria Alvitres

El 24 de setiembre Lamas recibiría una fragante noticia. La granja fue clausurada por los fiscalizadores municipales. La razón: carecer de licencia de funcionamiento para la venta de abono, actividad que también realiza la empresa. El francotirador estaba desarmado. ¿Por fin se respiraría aire fresco en Shupishiña?

La noticia fue bien recibida por los ciudadanos, los jóvenes ambientalistas, y por los alumnos de la Facultad de Turismo de la Universidad Nacional de San Martín, ubicada a solos unos cuantos pasos de la granja. Ellos, en varias ocasiones, alzaron su voz contra Don Pollo.

Felicidad efímera. “La empresa interpuso una Acción de Amparo ante el Juzgado de Lamas, logrando su reapertura mientras regularizaban sus documentos. Esto nos indignó”, se exalta el alcalde al comentarlo.

El cierre temporal de El Cortijo develaría otro problema. El día de la suspensión, los trabajadores de la empresa -150 aproximadamente cuyas edades fluctúan entre los 20 y 40 años de edad-, marcharon por las calles reclamando la apertura de su centro laboral.

“Como quisiera que nos rodeen más empresarios. Eso es lo que le da vida al pueblo; si no fuera por las empresas, Lamas estaría caído, en silencio”, expresa su deseo Leonel Ramírez, un ciudadano que lleva dibujado en sus ojos el cielo despejado de su tierra.

Ramírez no trabaja para la empresa, pero tiene buenas referencias de ella. Cuando su sobrino perdió el ojo en un accidente en la granja, Don Pollo nunca lo desamparó y lo indemnizó con 70 000 soles. Ahora tiene su casa y su mototaxi.

Divergencia social. Ciudadanos a favor y en contra. Frente a esta situación, el burgomaestre plantea como solución el desarrollo del potencial turístico de la provincia, con atractivos como el Castillo Real, construido por el italiano Nicola Felice, la Plaza de Armas, las comunidades nativas y el barrio El Wayku, donde el arte nace de las manos de las mujeres.

Anualmente 300 000 turistas llegan a Lamas. Pero lo hacen por horas, son pocos los que se quedan más de un día. “La actividad turística daría para mucho más, si lográramos crear servicios para el visitante”, menciona del Castillo.

“Nosotros usamos el agua de los puquios para comer. Tenemos siete puquios que quedan a unos diez minutos de acá”.

A pesar de sus frustraciones, los kichwa lamistas no pierden las esperanzas. “Mis vecinos y yo- anhela doña Fidelia- queremos que la quebrada esté limpia”.

La vida después de la muerte

“Los puquios son como humanos, nosotros los cuidamos, los limpiamos, los tratamos con respeto”, revela Fidelia Amasifuén, señalando la dirección por donde se encuentra su manantial.

“Nosotros usamos el agua de los puquios para comer. Tenemos siete puquios que quedan a unos diez minutos de acá”, refiere Miguel Tapullima, apu de la comunidad de Shucshuyaku.

La relación de la comunidad con sus puquios es íntima y familiar. Ellos se preocupan para que siempre estén limpios, sin ningún tipo de basura en sus cercanías. Eso sería una falta de respeto.

El agua limpia de los manantiales llega a las casas de Shucshuyaku a través de un sistema de tubos. Cuando la conexión se avería, los vecinos se dirigen con sus baldes a la fuente, mientras los niños hacen malabares para bañarse allí. A ellos les gustaría hacerlo en un lugar más amplio como la quebrada Shupishiña.

Pero ya ni piensan en eso, pues el cáncer de la contaminación afectó, también, a la poza Olayabado. Otro lugar donde ya no hay juegos por culpa de aquellos que no entienden que la naturaleza es como una madre, entonces, disparan sin piedad sus residuos putrefactos en la quebrada Shupishiña, haciendo que sus aguas no sean de vida.

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