Las dos caras de Lamas
Entre la tradición y la modernidad

Solo una hora de distancia separa Alto Churuyaku-Valisho de El Wayku, dos poblaciones kichwa lamistas que enfrentan estos tiempos de manera distinta: una se aferra a sus tradiciones, la otra se adapta a la modernidad. Cuál es el camino correcto.

Por Alonso Collantes

Para tomar el pulso de una comunidad es preciso oír y sentir sus historias secretas, sus costumbres y vidas particulares. Pero, a la vez que se observa el presente, es necesario descubrir la fuerza de su pasado.

La cultura kichwa lamas no cesa de latir con fuerza. Sus cuatro siglos de historia describen la llegada del ejército pokra-chanca y la fundación de la ciudad de Lamas en 1656, luego de la victoria española. Esta provincia de San Martín ha asimilado en sus raíces amazónicas, la ancestral influencia andina, desembocando en una gran variedad de expresiones en su gente y modo de vida.

Cómo explicar, sin embargo, las diferencias y similitudes que enlazan a dos comunidades cercanas de este pueblo antiguo. Una, fuertemente arraigada en sus costumbres prehispánicas, y, la otra, que si bien ha asimilado distintos hábitos modernos, mantiene el orgullo por su pasado. Esa es la dinámica en Alto Churuyaku-Valisho y en El Wayku.

Hay en la primera de las nombradas, un ánimo invencible. Sobre el amplio verdor en el que se asientan los casi 40 miembros de la comunidad, discurren varios puquios (ojos subterráneos de aguas cristalinas) que abastecen a todos los habitantes. Ellos reciben amablemente a sus visitantes, a quienes atienden con un refrescante tiesto de chicha.

Guarecidos de la lluvia y el sol bajo los aleros de un pequeño grupo de rústicas casas de un solo piso, erigidas con madera, palma o ladrillo, se preparan para exponer sobre una manta de rafia, multitud de alimentos de encendidos colores, como la chonta (una palmera comestible), el plátano bellaco, la puspina (frijol en forma de arveja), la cocona, y el boquichico seco (pescado de río).

Entre los presentes se encuentra Pedro Cachique, apu de la comunidad, quien nos guía a su chacra a través de un camino empinado. Él lo atraviesa con seguridad y dominio, ‘castigando’ a las plantas con su machete. En lo alto señala con solemnidad las dos hectáreas de maní que siembra en su tierra. Abajo están las plantas de sacha inchi. “Eso es más para vender”, asegura, mientras arranca dos semillas de este fruto y se las come.

Los productos de esta tierra son compartidos con los vecinos en tiempos de escasez. Así se ayudan y así reafirman sus lazos comunales. Eso no lo menciona don Pedro, pero es una verdad que trasciende al tiempo y de la cual somos testigos. Y es que al descansar, el apu –fiel a su espíritu generoso-, nos invita unas largas y dulces guabas.

Vidas paralelas

‘Tutú, tutú’ se oye insistentemente. Es Santora Salas Sangama, esposa del apu Pedro. De esa manera llama a sus gallinas. Ella lleva una blusa y una falda amarilla con líneas azules. Es la vestimenta tradicional de las mujeres de su pueblo. Los colores varían así como la cantidad de collares que utilizan.

 

“Los productos de esta tierra son compartidos con los vecinos en tiempos de escasez. Así se ayudan y así se reafirman sus lazos comunales.”

Al igual que Santora, sus compañeras caminan descalzas y comen sentadas sobre la tierra. Son las únicas con el derecho a compartir con la sagrada Mamapacha.

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Foto: Gloria Alvitres

 

Santora y Pedro son muy unidos y su historia comenzó con un ‘rapto’. ¿De dónde era ella? “De Lamas”, ¿y hace cuánto tiempo que llevan casados? “20 años”, responde el apu.

Después del ‘rapto’ se celebra el matrimonio. Este dura de lunes a sábado y la fecha de la unión es propuesta por el novio. Después, los suegros aplican al hombre cuatro chicotazos. “A eso se llama funcia”, comenta. Como en casi cualquier cultura, el amor no está libre de dolor.

¿Aquí también hay funcia?, pregunto en El Wayku, una comunidad tan ancestral como las otras 13 que existen en Lamas, y que está a tan solo una hora de distancia de Santora y el apu. “No, los antiguos nativos hacían eso, ahora no, (el matrimonio) solo es por iglesia o por civil”, responde Lucilda Pina.

En una de las esquinas de la plaza principal hay una mujer que posa de pie con una tinaja sobre la cabeza. Es de piedra. Las otras, las de carne y hueso, llevan una vida más agitada en la ciudad. ¿Su esposo suele ir a trabajar a la chacra? “¡No?”, responde Lucilda, “es motocarrista en Lamas”.

En El Wayku tampoco se observan frondosas tierras o mujeres con tinajas sobre sus cabezas. Lo contrario ocurre en Alto Churuyaku, donde son ellas las que se dedican al transporte del agua, el cuidado de los animales, la cocina, el hilado y el tejido.

Elaboran hábilmente el chumbe (tejido hecho solo los domingos y cuando llueve) o el quingo (de hilo más largo), sobre los que dibujan sapos, pishgos (aves) o garzas. Una tarea aprendida desde niñas, como la destreza de sostener grandes tinajas con agua sobre sus cabezas, sin el apoyo ni la ayuda de los brazos.

“¿Hay castigos para los ladrones? Por supuesto, las rondas están equipadas con carahuasca.”

Durante la mikuna (el almuerzo) en Valisho, se inicia una conversación con Milton Sangama, quien enseña algunas palabras en quechua –su lengua materna- a los curiosos visitantes. Primero dice “hermano”, que en su idioma se pronuncia “turi y wayki”. “Ahora dilo tú”, propone mientras ríe.

Al finalizar la clase de lengua, comenta que en su comunidad no hay doctores. Para qué, si sus conocimientos de las plantas medicinales les permiten sanarse de casi cualquier mal. Ellos son en realidad sus propios curanderos.

“No, ya no. La gente de la comunidad ya no confía en los curanderos. Cuando tienen una dolencia van a la posta”, sentencia Arnaldo Cachique Sangama, mientras trabaja en la computadora que refrenda su puesto como secretario de la  Municipalidad de El Wayku, una de los pocos inmuebles de tapia del pueblo.

¿Y las plantas medicinales?…, “antes usaban el ojé (la resina de la planta del mismo nombre). Era muy fuerte y podía causar daño. Por eso es mejor verse con alguien que ha estudiado 10 o 12 años”.

Después del almuerzo, Milton Sangama nos relata cómo se aplica la justicia en su comunidad. ¿Hay castigos para los ladrones? “Por supuesto, las rondas están equipadas con carahuasca, un fino látigo de cuero de venado”.

¿Y hace ya mucho de la última sanción? “Sí, fue durante un matrimonio”, responde Milton, quien no ha dejado de sonreír durante las lecciones de quechua y al contar su forma de vida. Es un hombre satisfecho.

Ocurre lo mismo con Arnaldo Cachique, quien desde su minúscula oficina relata sin nostalgia su vida actual. ¿Y las rondas, la carahuasca?, “Ya no hay, solo se les lleva (a los ladrones) a la policía de Lamas”. Al responder, su mirada se desvía hacia el suelo y un silencio inusitado se apodera del pequeño recinto. Los segundos se alargan, parecen inmortales. Infinitos. “Se están perdiendo algunas costumbres”, reflexiona.

“ Todas estas personas tienen y comparten una identidad que persiste pese a las diferencias.”

El día avanza así como la continua adaptación que experimentan las costumbres y tradiciones de El Wayku, frente a los mandatos de ‘globalización’ y ‘progreso’ de la vida moderna.

Esta doble condición crea contradicciones en ambas comunidades, que se debaten entre la conservación y la posible pérdida de su cultura. Pero si uno oye y mira con el alma, advertirá que todas estas personas tienen y comparten una identidad que persiste pese a las diferencias. Es el fino y fuerte tejido que urde sus vidas y las conduce, haciéndolas imperecederas.

 

 

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