Promesa lamista -Aquí nací, aquí moriré

La vida no es igual en El Wayku y en la comunidad nativa Alto Churuyaku-Valisho, pero, a pesar de las diferencias, hay algo que las une e integra: su orgullo por sus raíces, su respeto por su identidad.

Por Katherine Bless

Un despegue largo. Treinta minutos de espera y diversas acciones para que corra el tiempo. Al lado de la ventana una compañera. Era su primer viaje en avión y miraba emocionada los movimientos de la nave antes de partir. Cuando este comenzó a alzar vuelo, sus manos estaban aferradas al asiento. El miedo y la emoción habían invadido ese instante y, sin querer, esas sensaciones definirían el vuelo hacia la Amazonía peruana.

El sol ese día no calentaba y llovía por primera vez en el año en Tarapoto. El ambiente húmedo y el panorama de frondosa vegetación hacían indescriptible la llegada a esa ciudad que solo veríamos por la ventanilla de un auto. El destino final sería Lamas, localizada a 22 kilómetros de distancia.

Lamas es una de las ciudades más antiguas del oriente peruano. Sus orígenes se remontan a tiempos inmemoriales. Los primeros pobladores habrían llegado en oleadas migratorias, estableciéndose en varios lugares de la actual región San Martín. Entre los grupos étnicos estaban los caribes, los tupí guaraníes y los arawaks. Después llegarían los kichwa lamistas, presumiblemente de origen chanca, un pueblo prehispánico de la sierra sur del país.

El Wayku es una de las comunidades nativas más conocidas de la provincia. Esta conserva intactas sus costumbres ancestrales, así como su idioma, el quechua. Cerca de la plaza hay varias tiendas de artesanías y en una de ellas se encuentra

Evelyn, quien desde el primer momento encanta con una sonrisa.

Próxima a cumplir 15 años, su edad no le impide apoyar a su familia en el negocio. “Esta es la tienda de mi tío. Aquí lo ayudo y además vendo algunas cosas que diseño”.

Su tío es profesor de un colegio que está al frente de la tienda. “Allí él enseña el curso de manualidades, propias de nuestra comunidad. A veces se utilizan otros materiales traídos de afuera para que se vean diferentes, pero tratamos que se mantenga el estilo lamista. Así se ven más bonitos”, cuenta mientras juega con uno de los colgantes más llamativos de la tienda.

Luis Alberto Bruzzone Pizarro es el nombre del centro educativo. Las dos palabras que anteceden su denominación, despiertan el interés: intercultural y bilingüe. “Y es que allí nos enseñan profesores que no solo hablan español, sino también quechua e inglés”, explica Evelyn, quien ya puede entender algunas de las páginas extranjeras que visita en la Internet. Pero eso no es todo, ahora “cuando voy donde mi abuela o a otras comunidades, puedo comunicarme en quechua.”

El tío de Evelyn llega sobre una moto lineal. Ingresa y saluda amablemente, mientras ella se retira de la habitación. “Soy William Guerra Sinarahua, profesor del colegio Bruzzone y presidente de la Federación de Pueblos Indígenas Kichwas de la Región San Martín”, se presenta con firmeza.

El centro educativo en el que trabaja, es el único con enfoque intercultural en su enseñanza. “La escuela tiene pocos años. Empezó a funcionar en los 80, pero solo como primaria. Recién en el 2008 se abrió la secundaria. Después se implementaría la educación intercultural y bilingüe para todos, porque es muy importante que nuestros niños y jóvenes aprendan cosas de afuera, pero sin perder el interés por su identidad ni su orgullo por formar parte de la comunidad”.

Una mirada aparte

La jornada anterior al encuentro con Evelyn y William, también fue bastante cálida. Al Inti le había tocado calentar la tierra de Lamas y el camino hacia un nuevo destino fue largo. Las botas se hundían en la tierra húmeda, mientras la visión de los campos, el canto de los grillos y el crujir de las plantas, apaciguaban el andar.

El trayecto a la comunidad nativa Alto Churuyaku-Valisho duró una hora. Fundada hace tres años, sus pobladores esperaban a sus visitantes con la mirada fija hacia el camino, mientras los niños corrían de un lado para el otro.

El calor era intenso. Una vasija de chicha de maíz circulaba de mano en mano, para calmar la sed. Así, entre los sorbos de esa bebida tradicional, el grupo se adecuaba al ambiente, bajo la atenta mirada de los comuneros, incluyendo a los niños que parecían intimidados. La excepción era Deiler, quién con curiosidad y soltura, se mostró abierto a resolver las dudas e interactuar con los recién llegados. En eso se parecía a Evelyn.

De manera inesperada, las mujeres empezaron a movilizarse. Extendieron una especie de tela y encima colocaron distintos alimentos. Este sería el primer paso de la mikuna, una ceremonia de bienvenida y compartir.

“Y el final del compartir se convierte en una fiesta. Y es que después de reposar y conversar, los niños empezaron a jugar carnavales con los invitados”

El apu Pedro invitó a todos a acercarse y escucharlo: “esto es algo pequeño que queremos compartir con ustedes. Lamentablemente, la lluvia de ayer afectó la labor de recolección. Nos hubiese gustado poder brindarles más. Espero lo valoren y disfruten”, fueron algunas de sus palabras.

Esas lluvias también afectaron a la zona urbana de El Wayku, pero el padecimiento es menor debido a la ubicación y disposición de Lamas, la “ciudad de los tres pisos”, como la llamó el sabio Antonio Raimondi. El primer piso o terraza es ocupado por los descendientes de los chankas venidos de Apurímac, el segundo por los mestizos y, el tercero, es un mirador natural.

Las travesuras de Riley

criadoras3-gloria

Foto: Gloria Alvitres

Las labores fueron repartidas antes del compartir. Grupos de cuatro personas acompañarían a los dueños de cada chacra para conocer más sobre la producción y estilo de vida de la comunidad.

La más alejada era la de Pedro. El recorrido fue intenso. El apu preguntó de manera sarcástica: “¿Llegarán nuestras pani kunas?”. Ellas afirman con la cabeza. Él iba adelante. No esperó a nadie. Desde lo alto se veía una extensa chacra. Tres hectáreas llenas de maíz, frutos y del poderoso sacha inchi. “Todos los días tengo que ir. Dos veces por lo menos para verificar si todo está en orden. Me acompaña mi mujer, siempre”, dice Pedro, mirando el horizonte.

Al  descender, Riley, una de las niñas de la comunidad, hizo notar su presencia. Ofreció su ayuda y llevó una mochila en su espalda. Estaba descalza y corría sin miedo. Audaz e incansable, iba y regresaba. Se le notaba alegre y repetía “mi maleta la llevo así” como si cantara.

“Aquí no existen diferencias. Todos estudiamos y somos tratados por igual. Compartimos la misma mesa al comer, hacemos los mismos trabajos y compartimos deberes”

Libertad en medio de la naturaleza. Libertad que no es compartida por todos. “Yo casi nunca voy al campo. Solo para jugar partido o cuando hay campeonatos, pero no para hacer algo por allá”, dijo Evelyn en algún momento de la conversación.

Al llegar al centro de la comunidad, Riley sigue con sus bromas y juegos, mientras las panis –mujeres- están atareadas y se mueven de un lado otro. Atentas a cualquier requerimiento del apu y de los hombres presentes, que descansaban bajo la sombra. Los pequeños, en cambio, iban al puquial para refrescarse.

Cuando empezó el compartir, se notó algo curioso. Los varones comían sentados sobre una banca mientras que las mujeres lo hacían sobre la tierra. “Según la costumbre, las panis pueden sentarse allí porque tienen más derecho que cualquiera de nosotros. Ellas son como la madre tierra”, dice Linder Sangama, antes de llevarse un bocado de alimento a la boca. Su mujer está a sus pies.

“Aquí no existen diferencias. Todos estudiamos y somos tratados por igual. Compartimos la misma mesa al comer, hacemos los mismos trabajos y compartimos deberes”, dice Evelyn al explicar cómo es su vida en la escuela.

“Al colegio vamos con un uniforme especial. A veces, por alguna ceremonia, nos vestimos con trajes típicos. Nos gusta. Sabemos lo importante de las tradiciones de las comunidades más alejadas y cómo se relacionan con la naturaleza. Aquí eso se ha perdido, pero sí las conocemos”, revela Evelyn las diferencias entre ambas localidades.

A pesar de todo, la identidad se mantiene entre los lamistas “Es verdad que lo externo llama la atención. La modernidad, los estilos de vida, la vestimenta y hasta la forma de comportarnos. Aún así, estamos en la obligación de conocer e identificarnos como lamistas. He viajado a muchas partes. He salido del país, pero nunca ha pasado por mi cabeza mudarme y hacer vida afuera. Yo nací aquí en Lamas y aquí moriré, en mi tierra, en mi territorio, porque no hay conexión más fuerte que la identidad y el cariño a nuestros wayki kunas y pani kunas”, dice William mientras mira a su sobrina que se asoma a la habitación.

Y el final del compartir se convierte en una fiesta. Y es que después de reposar y conversar, los niños empezaron a jugar carnavales con los invitados. Se tiraban maicena a la cara. Nadie se salvó, ni siquiera el apu y las mujeres mayores. Fue un momento de unión en el que no existieron diferencias y en el que todos actuaron sin restricciones.

Así llegó el momento de partir. El Inti seguía quemando. Evelyn y su tío se despiden desde el umbral de la tienda. En Alto Churuyaku-Valisho también hay despedidas. Algunos recibieron obsequios, otros se llevan las sonrisas de las personas con las que más interactuaron. Todos cosecharon experiencias y grandes lecciones: es posible cuidar el entorno y revalorar las tradiciones.  Quizás, de esa manera, se viva con mayor libertad e integración con uno mismo y los demás.

Retornar al menú principal

You are donating to : Greennature Foundation

How much would you like to donate?
$10 $20 $30
Would you like to make regular donations? I would like to make donation(s)
How many times would you like this to recur? (including this payment) *
Name *
Last Name *
Email *
Phone
Address
Additional Note
paypalstripe
Loading...