Mujeres lamistas
Con los pies sobre la tierra

Cómo es la vida de las mujeres en una comunidad kichwa lamista, descúbralo en esta crónica que revela la estrecha conexión que ellas tienen con la tierra y la naturaleza.

Por Meylinn Castro

Lleva un vestido enterizo verde, uno de los colores que predomina en la vasta vegetación de la Amazonía. Las ramas de los árboles la cubren de los rayos del sol. El canto de los pajarillos y el sonido de los insectos silvestres la acompañan en su viaje. Nada la perturba. Ella camina muy segura. Deja huellas. Da pasos firmes con los pies descalzos, a pesar de que el trayecto está cubierto de lodo.

Viene andando más de 40 minutos desde la ciudad de Lamas, capital de la provincia del mismo nombre (San Martín). En su cabeza tiene envuelta una pretina de tejido, diseñada con líneas blancas y negras. Cualquiera que la viera creería que es un accesorio para su cabello. Se equivocarían. Es una herramienta que le ayuda a llevar sus pertenencias.

Se detiene. Contempla su entorno y saluda sonriente: pani (hermana), wayqui (hermano). Su nombre es Santula Salas Sangama y es una de las mujeres de la comunidad Alto Churuyaku–Valisho. En ella, al igual que en todas las mujeres de su pueblo, prevalece su identidad kichwa lamista. Al llegar a su comunidad, Santula se asoma a la casita comunal y se despoja de sus cosas. En ese lugar está la mayoría de las mujeres. Usan vestidos y faldas de diversos colores, semejantes a los del arcoíris. Algunas están sentadas en compañía de sus pequeños hijos.

Otras se encuentran organizando la preparación de la mikuna, el almuerzo comunal.

A lo lejos se observa a un grupo de cinco chicas. También están descalzas y llevan un recipiente de arcilla sobre sus cabezas. Su andar coincide con la calma del pasar del viento. Avanzan firmes. Están alegres. Al igual que Santula, dejan sus pertenencias en la casita comunal.

La cocina se convierte en un lugar de intimidad, en el que ellas trasladan su sabiduría

Ellas se reúnen allí e inician la elaboración de la mikuna. Los ingredientes necesarios los obtienen de sus chacras. Desde el maíz hasta los frijoles de diversos tipos, lo que evidencia el lema de la mujer indígena: “Sembrar de todo para comer de todo”, refiere Grimaldo Rengifo, director del Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas (PRATEC).

La brecha que los une y los separa

A diferencia de las mujeres, los varones usan polos, jeans y calzado. Este tipo de ropa no es muy usual en el caso de las chicas.

Solo las más jóvenes, que bordean los 17 y 25 años, visten de la misma manera. “Me siento más cómoda así. Ya no me queman las piernas por el calor. Ya me acostumbré”, expresa la menor del grupo, mientras carga a su bebé entre sus brazos. Mientras las mujeres cocinan, un grupo de varones juega al fútbol. La canchita no está tan distante del local comunal.

Unos cuantos pasos dividen esos espacios. Así, las muchachas y los hombres permanecen separados hasta que llega la hora del almuerzo.

Durante la preparación de sus alimentos, se miran, ríen y conversan. La cocina se convierte en un lugar de intimidad, en el que ellas trasladan su sabiduría y la transforman en diversos y suculentos potajes. Pero el espacio principal en el que trasmiten su sapiencia es cuando se conectan con la naturaleza, a través del cultivo de las semillas.

“Sembrar de todo para comer de todo”
Tiempo de compartir

Ya está lista la bebida y la comida. La chicha de maíz sabe muy bien. Las ollas lucen repletas. El olor es agradable. Las mujeres empiezan a servir los platos, llenándolos de la deliciosa mixtura que sus chacras ofrecen.

Según Milton Sangama Chávez, tanto mujeres como varones se encargan de trabajar en la tierra, ya sea para el autoconsumo o comercialización. “Los dos colaboramos en el sembrío. A eso le llamamos choba choba. Nosotros sembramos para comer y vender”, comenta el señor de 56 años.

“Yo soy analfabeta, no he ido ni un día a la escuela. Solo hago tejidos y cerámica”

Esta actividad se replica en otras comunidades de Lamas. Un ejemplo de esto se encuentra en el libro Mujer, biodiversidad y seguridad alimentaria en las comunidades Kechua – Lamas, escrito por Gladys Faiffer Ramírez y Luisa Elvira Belaúnde. En una de sus páginas se destaca el testimonio de Teófila Cachique, perteneciente a la comunidad Alto Pucallpillo.

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Foto: Ronald Quincho

“Desde antes, siempre nos hemos ayudado y hemos compartido lo que se cría en la chacra, eso no debemos perder. Enseñamos a nuestros hijos ese modo de vivir, y verdad pues, es lindo. De esa manera compartimos de todo lo que se cría en la chacra, a veces yo no tengo ají, ya mi hermana o mi cuñado ya comparte con nosotros, se comparte de todo cuando hay”.

Por otro lado, Romalda Cachique Capuyima, esposa de Milton, comenta que –además del sembrío, la cocina y el cuidado de sus hijos– las mujeres de su comunidad se dedican al tejido. “Nos demoramos tres días para hacer pretinas de cinco metros. Con eso llevo mi plátano, pero los hombres pueden cargar de 70 a 100 kilos”, cuenta Romalda al mismo tiempo que hila la fibra de algodón.

Las pretinas, también conocidas como chumbes, son hechas con algodón y tienen diferentes usos. Pueden utilizarse como cinturones, correas o sogas. “Con el chumbe llevábamos a nuestros enfermos cuando no había carretera”, señala Milton, esbozando una leve sonrisa en sus labios.

De acuerdo a Gladys Faiffer, integrante del PRATEC, en las comunidades de Lamas se prioriza la educación comunitaria. Las mujeres y los varones aprenden funciones diferenciadas desde muy pequeños, manteniendo en mente su estrecha relación con la naturaleza y su derecho al Buen Vivir.

“Mi esposa tiñe los chumbes con yangua. Cuando remoja esa planta obtiene el color negro. Ella solo hace diseños. Mi hija sí puede hacer letras”, enfatiza Milton, mirando a su compañera.

La diferencia entre Romalda y su hija se debe, quizás, a la falta de oportunidades que tienen las mujeres al acceder a la educación oficial. De acuerdo a una de ellas, solo estudian hasta el nivel primario. En paralelo, realizan las actividades mencionadas anteriormente.

“Yo soy analfabeta, no he ido ni un día a la escuela. Solo hago tejidos y cerámica. Yo sé matemática en mi cabeza nomás, pero no sé sumar en el papel. Veinte manos es cien, así cuento yo”, comenta una pobladora kichwa en el libro de Gladys Faiffer y Luisa Belaúnde.

En cambio, los varones se dedican a la cestería, caza y música. Más adelante, se preparan para ir al ejército. Ellos son los que heredan la tierra. Las mujeres no. Cuando se casan, ellas acceden a las chacras de sus esposos para producirlas. También pueden comprar los campos de sus hermanos o tíos.

A pesar de estas diferencias, Santula, Teófila, Romalda y todas las mujeres con los pies sobre la tierra, llevan lo mejor de su cultura de generación en generación, cultivando sus tradiciones. Sus pasos firmes dejan huellas, no solo en sus territorios, sino también en la memoria de las personas que las conocen y comparten con ellas.

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