Solo historia…
La voz de los niños

Conozca la tragedia de la quebrada Shupishiña desde la perspectiva de los niños, quienes ya no pueden jugar ni divertirse en las aguas contaminadas.

Por Nicol León

Miguel Tapullima Amasifuén recuerda a la quebrada Shupishiña con la inocencia de un niño y la resignación del hombre que acepta que el pasado nunca volverá. En Shucshuyaku, la comunidad que ahora preside, narra la ocasión en la que sus padres le prohibieron acercarse al cauce, por temor a que las sirenas le robaran el alma. Hoy, ningún menor se espanta por esa advertencia. La contaminación ha acabado hasta con los mitos.

Ese es el estado actual de Shupishiña en la provincia de Lamas (San Martín), donde los desechos de la granja El Cortijo de la empresa Don Pollo Tropical S.A.C. y las aguas residuales de la ciudad, continúan extinguiendo la vida y la rutina de miles de pobladores.

Desde hace 15 años, los días de pesca, las jornadas de recreación y el jolgorio de la fiesta de San Juan, son parte de las historias que los padres cuentan a sus hijos, para mantener viva la memoria y el recuerdo.

A Jordan, Carla y Florecita, de siete, once y nuevos años respectivamente, también les han narrado esos cuentos en su pueblo Rumisapa. Pero no en esta mañana en la que la lluvia ha interrumpido sus juegos, obligándolos a correr y refugiarse en la casa más cercana.

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Foto: Luz Garaycochea

Ahora conversan como si estuvieran cantando una conocida melodía. Ríen, pelean y vuelven a divertirse. Carla relata que hay días en los que un olor fétido envuelve a toda su comunidad. Cuando esto ocurre los más de mil habitantes quisieran marcharse. Ese olor viene desde el cauce. Es insoportable, “pero a dónde más puedo ir, por eso quiero que la quebrada no tenga muchas piedras, que esté limpia para poder ir a bañarme con mis amigos”, narra con timidez la pequeña Carla.

Entre su hogar y la empresa hay un kilómetro de distancia. Para el alcalde de Lamas, Fernando del Castillo Tang, esa cercanía es el principal problema. La autoridad frunce el ceño y opina que esa “granja es una ciudad de cerdos” porque allí crían catorce mil porcinos, número similar a la cantidad de lamistas. Al decirlo, sus grandes ojos café miran hacia el techo, mientras asegura que hace seis años la empresa prometió mudar su granja a la provincia de Picota.

“Me alentó que la empresa dijera que toda la población de engorde iría a Picota. Imaginé que siendo así solo iba a quedar un 10 por ciento y el olor iba a reducirse tremendamente, pero han pasado tantos años y ninguna granja se está construyendo ahí. Ellos no tienen la voluntad de solucionarlo”, asevera.

Dora Lisa, madre de Carla y oriunda de Rumisapa, se apoya sobre la puerta de su modesta casa y ordena a uno de sus hijos que baje el volumen de la radio, para rememorar el tiempo en el que la quebrada aún respiraba, cuando solía ir a pescar, bañarse y divertirse con su agua. Acaricia sus cabellos ensortijados y en su rostro de tez blanca desaparece su sonrisa, cuando asevera que la empresa y su granja acabaron con la quebrada.

“Antes iba a Shupishiña junto a mis tres hijos mayores y nos bañábamos. La empresa Don Pollo mató el ecosistema de la noche a la mañana. Desde hace 15 años vivimos soportando el mal olor y las enfermedades que trae la contaminación”, detalla preocupada la madre de familia.Frente a esa desilusión, el alcalde reafirma que la empresa se retirará, porque opera sin las licencias y permisos necesarios.

“Desde hace 15 años vivimos soportando el mal olor y las enfermedades que trae la contaminación”

“Hemos decidido a través de una resolución de alcaldía que se cierre temporalmente la empresa, pero una orden judicial nos ha contradicho en setiembre del año pasado. Los mismos niños son conscientes de la contaminación porque el olor llega a todos y con más intensidad en verano”, se indigna al decirlo el burgomaestre.

Una granja que enferma

Un perro negro y enano le ladra a la suave lluvia que cae sobre Shucshuyaku. Detrás se asoma su dueña, Fidelia Amasifuén. Delgada como los troncos que sostienen su hogar, sacude el maíz de sus pollitos, mientras carga en su espalda al menor de sus cuatro hijos.

Descalza se dirige a alimentar a sus animales y expresa el alivio que siente porque estos no se han enfermado a causa del olor que emanan los residuos de la granja.

“Lo que más nos afecta es el mal olor y las alergias que con frecuencia padecen nuestros niños por los mosquitos y zancudos que trae la quebrada. Lo soportamos porque este es nuestro hogar y porque así es la economía. No se puede hacer nada”, relata mientras acomoda con su espalda a su bebé de cinco meses.

“Náuseas y diarreas son los síntomas que presentaron el último año los niños de Rumisapa”

Fidelia deja de sacudir el alimento de sus animales para expresar que a sus niños les enseña a cuidar el manantial como si este fuese un humano. También agradece a sus abuelos por haberle enseñado a construir los puquios (manantiales) que dan a luz el agua con el que se abastecen.

“Mis niños estudian en el jardín y en el colegio de Lamas. Allí les enseñan el quechua y a cuidar el agua. A veces ellos vienen y me explican: mamita, no tienes que botar las bolsas del jabón y del detergente en el río. Yo les respondo: así es hijito”, asiente mientras abre la puerta de su hogar para dejar pasar a sus pollitos.

Al frente, dos adolescentes se ocultan de la lluvia que ahora arrecia. Luz Mery cuenta que en su colegio, sus maestros le recuerdan constantemente que no vaya a Shupishiña, por las enfermedades que esta le puede ocasionar.

“Desde que era niña mis padres y maestros me enseñaron que no debo ir a la quebrada. Todos saben que está contaminada. Por ahí pasan las heces de los cerdos y los restos que dejan cuando los matan. Una vez a mis primos les dio náuseas por el mal olor que todo eso trae. Shupishiña es un desagüe”, dice y se oculta tras una puerta.

“Los días de verano son los peores para todo Lamas, es ahí donde el olor se intensifica”

Males dermatológicos, náuseas y diarreas son los síntomas que presentaron el último año los niños de Rumisapa. Abigael Angulo Vásquez, exjefe de la Microred EsSalud del distrito, cuenta con voz sosegada que todos sus pacientes se quejaban del fuerte olor que emana del afluente. “Los días de verano son los peores para todo Lamas, es ahí donde el olor se intensifica. La mayoría de personas le echan la culpa a Don Pollo, pero la Municipalidad Provincial de Lamas también tiene que ver por la contaminación que genera el camal municipal. Antes ahí se bañaban, jugaban y celebraban. Ahora es un desagüe”, reseña.

Frente la polución del matadero y de las aguas residuales de Lamas, el alcalde explicó —en tono de excusa— que la demora tiene su origen en la falta de presupuesto y la carencia de apoyo del gobierno central.

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Niños de lamas jugando/ foto: Luz Garaycochea

“Con respecto al camal municipal, desde hace dos meses las maquinarias que impiden este problema están fallando. Estoy esperando el comunicado de los que administran esa entidad para que la contaminación cese. Sobre las aguas residuales, viajaré a Lima en febrero para firmar un convenio. Calculo que el proyecto para renovar las tuberías finalizará en mayo de 2018”.

Desde su perspectiva, la empresa no está jugando limpio. “La quebrada Shupishiña está totalmente contaminada con residuos de cerdos, pero ellos dicen que no y le echan la culpa al municipio. Ellos aprovechan la temporada de lluvias, cuando los ríos crecen, para descargar todos los desechos de su granja”, afirma la autoridad edil.

Cuenta, además, que los directivos de Don Pollo perciben el mismo olor que toda la población, pero niegan que ellos sean los causantes.

Mientras lo hacen, Shucshuyaku, Shapumba, Cacatachi, Rumisapa y otras comunidades, viven resignadas al destino que les impuso la muerte de su quebrada. Los adultos aún le guardan luto, sus hijos seguirán escuchando las historias que sus ancestros vivieron allí.

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